Hay personas que en verano parecen funcionar con un ventilador interno… y otras que se derriten al primer rayo de sol. Esta diferencia no es imaginación: la forma en que cada cuerpo tolera el calor depende de muchos factores relacionados con la termorregulación, es decir, la capacidad del organismo para mantener estable su temperatura interna.
Cuando hace calor, el cuerpo intenta enfriarse principalmente de dos maneras: aumentando el flujo de sangre hacia la piel y activando la sudoración. Al evaporarse, el sudor ayuda a liberar calor. Pero no todos los cuerpos lo hacen con la misma eficacia, ni todos parten de las mismas condiciones. La regulación térmica depende, entre otros mecanismos, de la sudoración y la vasodilatación cutánea, dos respuestas clave para perder calor.
La termorregulación: el “termostato” del cuerpo
El organismo trabaja constantemente para mantener una temperatura interna estable. Cuando el ambiente se calienta, el cuerpo reacciona como una pequeña central de emergencia: envía más sangre a la piel, produce sudor y modifica la sensación de sed, cansancio o necesidad de buscar sombra.
El problema aparece cuando el calor exterior, la humedad, el esfuerzo físico o la falta de hidratación superan esa capacidad de adaptación. En ese momento pueden aparecer fatiga, mareo, dolor de cabeza, sudoración intensa, calambres o sensación de agotamiento.
Edad: un factor clave
La edad influye mucho en la tolerancia al calor. Las personas mayores pueden tener más dificultad para regular la temperatura corporal debido a cambios fisiológicos asociados al envejecimiento, como una menor eficacia de la sudoración, de la circulación cutánea y de las respuestas cardiovasculares. Por eso, las personas de 65 años o más son más vulnerables durante episodios de calor extremo.
También los niños pequeños pueden ser más sensibles porque su sistema de regulación térmica todavía está en desarrollo y dependen más de los adultos para hidratarse, protegerse del sol o evitar esfuerzos en las horas de más calor.
Composición corporal y forma física
La composición corporal también puede influir. La grasa corporal actúa como aislante y puede dificultar la pérdida de calor en algunas situaciones. Además, una baja condición física puede hacer que el cuerpo se fatigue antes cuando sube la temperatura.
En cambio, las personas acostumbradas progresivamente al calor o que realizan actividad física de forma regular pueden adaptarse mejor, siempre que mantengan una buena hidratación y no se expongan de forma imprudente.
Eso no significa que una persona entrenada sea invencible. Con calor extremo, cualquiera puede sufrir un golpe de calor si se combinan esfuerzo, deshidratación y exposición prolongada.
Hidratación: cuando falta agua, falta margen
La hidratación es uno de los grandes pilares de la tolerancia al calor. Al sudar, el cuerpo pierde agua y sales minerales. Si esa pérdida no se repone, disminuye el volumen de líquido disponible y el organismo tiene más dificultades para enfriarse.
La deshidratación puede favorecer cansancio, bajada de tensión, mareo, dolor de cabeza, calambres y menor rendimiento físico o mental. Además, el calor y la sudoración pueden reducir la cantidad de líquido corporal, lo que puede interferir con la capacidad del cuerpo para regularse adecuadamente.
Por eso, en días calurosos no conviene esperar siempre a tener mucha sed. La sed es útil, pero a veces llega cuando el cuerpo ya lleva rato negociando con el termómetro.
Hormonas y metabolismo
Hay etapas o condiciones hormonales que pueden hacer que una persona perciba más calor. La menopausia, por ejemplo, puede asociarse a sofocos y cambios en la regulación térmica. También algunas alteraciones tiroideas pueden modificar la tolerancia al calor o al frío.
El metabolismo, el nivel de actividad, el descanso, el estrés y algunos estados de salud también influyen. Un cuerpo cansado, mal hidratado o sometido a estrés intenso puede tener menos margen para adaptarse al calor.

Medicamentos y enfermedades crónicas
Algunos medicamentos pueden alterar la respuesta del cuerpo al calor. La CDC advierte que ciertos fármacos, incluidos diuréticos, anticolinérgicos, algunos psicotrópicos y combinaciones de medicamentos para la presión arterial, pueden aumentar el riesgo durante episodios de calor porque pueden afectar a la hidratación, la sudoración o la regulación de la temperatura.
También deben tener especial cuidado las personas con problemas cardiovasculares, diabetes, enfermedad renal, enfermedades neurológicas o trastornos que afecten al sistema nervioso autónomo.
Esto no significa suspender medicación por cuenta propia. Si una persona toma tratamiento habitual y nota que el calor le afecta mucho, lo correcto es consultar con profesionales sanitarios.
La humedad: el enemigo pegajoso
No solo importa la temperatura. La humedad ambiental puede hacer que el calor se tolere peor. Cuando el aire está muy húmedo, el sudor se evapora con más dificultad y el cuerpo pierde eficacia para enfriarse.
Por eso, 32 grados con humedad alta pueden sentirse mucho más pesados que una temperatura similar en un ambiente seco. El cuerpo suda, pero el aire no le deja hacer bien su truco de evaporación. El verano se convierte entonces en una sopa invisible.
Ropa, exposición y entorno
La ropa también cuenta. Los tejidos ajustados, oscuros o poco transpirables dificultan la pérdida de calor. En cambio, la ropa ligera, holgada y de colores claros ayuda a reducir la sensación térmica.
El entorno urbano también puede aumentar el problema. El asfalto, los edificios y la falta de sombra retienen calor, creando islas térmicas. Por eso, caminar por una calle sin árboles puede sentirse muy diferente a estar en un parque, aunque el termómetro marque lo mismo.
Señales de alerta ante el calor
Sentir más calor que otras personas no siempre es preocupante. Pero hay síntomas que conviene vigilar:
Mareo o debilidad intensa.
Dolor de cabeza fuerte.
Confusión o desorientación.
Náuseas o vómitos.
Pulso muy rápido.
Piel muy caliente o enrojecida.
Calambres persistentes.
Falta de sudor en un contexto de calor extremo.
El agotamiento por calor puede incluir sudoración abundante y pulso rápido, y el golpe de calor es una urgencia médica. Mayo Clinic recuerda que el golpe de calor puede provocar piel enrojecida, respiración rápida, pulso acelerado, náuseas, vómitos y dolor de cabeza, entre otros síntomas.
Cómo ayudar a tu cuerpo a tolerar mejor el calor
Para mejorar la tolerancia al calor, lo más importante es actuar antes de que aparezcan los síntomas. Algunas medidas útiles son hidratarse con frecuencia, evitar ejercicio intenso en las horas centrales, buscar sombra, usar ropa ligera, ventilar o refrescar los espacios y prestar atención a personas mayores, niños y personas con enfermedades crónicas.
También ayuda comer ligero, priorizar frutas, verduras y alimentos con alto contenido en agua, evitar alcohol en exceso y descansar bien. El cuerpo regula mejor la temperatura cuando no está funcionando con batería roja.
Cada cuerpo tiene su propio verano
Que una persona tenga más calor que otra no significa necesariamente que esté exagerando. La percepción térmica depende de la edad, la hidratación, la composición corporal, las hormonas, la medicación, el estado de salud, el entorno y la capacidad individual de adaptación.
La clave está en escuchar las señales del cuerpo y no competir contra el calor. En verano, cuidarse no es ser débil: es saber leer el termómetro interno antes de que empiece a sonar la alarma.